sábado, 20 de octubre de 2012

Corona Capital 2012


Corona Capital 2012, el festival que el pasado fin de semana reunió a 120 mil personas al rededor de grandes propuestas de la música comercial contemporánea, es considerado hoy en día el evento artístico más relevante del año en nuestro país. Esto, según las miles de opiniones recabadas en las redes sociales, mismas que, cabe mencionar, son proyectadas en esos entornos en línea con una intensidad particular. Y quien escribe estas líneas no puede estar más quede acuerdo con ellas.

El cartel con la alineación final del festival; las bandas destacadas: los británicos de New Order y los estadounidenses de The Black Keys.

Dejando para el final el recuento de bandas y sin ser extenso en ello (de esto sobrarán textos en infinidad de blogs), me dedicaré a plasmar las reflexiones que el evento me provocó.

Una experiencia benévola y gratificante representan ahora los dos días de música en diversos escenarios que el festival ofrecía. Mi parecer es compartido, pienso, por muchos de los asistentes, pues a una semana de ocurrido, miles de alabanzas hacia los artistas se siguen levantando vía Twitter, cientos de fotos de las bandas siguen colmando las redes de intercambio de imágenes (como Instagram) y el festival se percibe ahora con un dejo de añoranza en decenas de blogs. Se trató, pues, de un evento con un aura distinta.

Llegar el sábado al mediodía a las inmediaciones de Metro Ciudad Deportiva fue entrar en contacto con el clasemediero (alto, medio y bajo por igual) de entre 20 y 30 años que ha arraigado un modelo identitario propio de la globalización: el llamado hipster, principal target de mercado al que el festival va dirigido. Ya dentro del evento, se hizo evidente la fuerza con la que esta subcultura está enclavada en nuestro país (suceso que, en mi experiencia, no sucedía con tal intensidad hace un par de años, en la primera edición del festival) y que se manifiesta en el consumo de ciertos bienes culturales: música de corte internacional y moda impuesta en las grande urbes occidentales, por ejemplo. Existe, sin embargo, un halo que circunda también la figura de este llamado hipster, un pretensión y anhelo de pertenencia a una cultura global, una apreciación estética exacerbada y sobretodo un comportamiento particular en eventos de este tipo.

Sin embargo, mi idea de lo anterior en esta ocasión se vio modificada porque así lo ha hecho también nuestro comportamiento colectivo. En pocos años pasamos de ser un público fácil a uno que cada vez escatima más en ovaciones, que ya no se quema a la menor provocación del artista. Ver que esa pretensión con la que se viste la moda que las grandes urbes europeas imponen, poco a poco desaparece, como si se mitigara el anhelo de pertenencia; tornando más transparente a ese individuo colectivo que somos. Atrás quedó la expectativa y la sobreidolatría a las manifestaciones artísticas occidentales. El gran flujo mental se ha estabilizado, pues corre a una justa medida; se evita la neuralgia de no sabernos el centro del mundo, cuna del gran arte, para reconocernos como el lugar de concurrencia de éste.

Lo anterior no es sólo una cuestión exclusiva del evento; es algo que impregna este momento histórico en particular. Ejemplos sobran. Podría decir, incluso, que nuestro país porta ahora la semilla de infinidad de vanguardias estéticas. Y esto es fácilmente comprobable cuando se piensa en un género de música electrónica producido en la región norte y centro de nuestro país: el tribal. Dicha forma musical combina elementos de la música norteña, instrumentos prehispánicos y su trascendencia ha sido tal que ha influenciado el surgimiento de una escena de productores de este tipo de música en Europa del Este.

Sondear la opinión pública será encontrarnos con fuertes críticas hacia esta forma musical en nuestro país  pero cuando es reproducida en el DJ set de una de las propuestas más fuertes en cuestión de música bailable del evento, Major Lazer, el malinchismo se diluye y sucede una explosión en el público. Se expone nuestro doble discurso al renegar de nuestra música cotidianamente, pero celebrarla cuando es avalada por los ojos de Occidente. A continuación, un breve video de aquel momento.


Aquí, algunas opiniones recabadas en Twitter al respecto.





Abordando ideas más digeribles, a continuación un breve recuento fotográfico de las bandas que presencié.

Sábado, primer día.

Yo-Landi Vi$$er, vocalista de la banda de rap-rave sudafricana Die Antwoord.
León Larregui, vocalista e intérprete de bongós en su proyecto como solista; es reconocido por su trabajo al lado de la banda Zoé.
The Wookies, banda de música electrónica de la Ciudad de México cuya propuesta visual incluye el uso de disfraces de un personaje de la saga cinematográfica Star Wars.
Tim Holmes, líder de la banda inglesa de rock electrónico Death in Vegas. Los problemas de audio al inicio de su presentación no impidieron la creación de un ambiente psicodélico, propio de su música.
The Kills, dúo estadounidense-británico de rock garage.
Uno de los animadores del proyecto Major Lazer, que fusiona ritmos del mundo con música electrónica altamente bailable.
Brett Anderson, líder de Suede, una de las cartas fuertes del festival.
Pelle Almqvist , líder The Hives, banda sueca cuyas presentaciones se caracterizan por un extraordinario derroche de energía.
Basement Jaxx, dúo inglés que fusiona ritmos electrónicos con música del mundo y cuyas presentaciones se distinguen por las caracterizaciones de sus músicos.

Domingo, segundo día.


Los neoyorquinos de The Drums, cuya música está influenciada por el new wave británico de la década de los 80.
El mexicano Alan Palomo, líder de Neon Indian, banda texana de indie pop psicodélico.

Jim James, líder de My Morning Jacket, banda de rock-country de Kentuchy, Estados Unidos.
Un oso de plástico situado al lado de la batería, uno de los tantos gimmicks que My Morning Jacket utiliza durante sus presentaciones (también contaban con un oso disecado de gran escala vestido con un zarape situado al lado del escenario).
El quincuagenario Brendan Sumner, líder de la banda de post-rock británico New Order, interpretando el tema Crystal; fueron ellos, probablemente, la propuesta más esperada del evento.
Gillian Gilbert, tecladista de New Order quienes, a pesar de su trayectoria, no demostraron mucha empatía durante su presentación.
El DJ judío canadiense A-Trak, responsable de grandes éxitos de las pistas de baile en los últimos años.
The Black Keys, banda de garage rock de Ohio, Estados Unidos.
DJ Shadow, productor angelino de hip-hop instrumental y encargado del cierre del evento con un DJ set caracterizado por contener temas de vanguardia musical, con géneros como dubstep y drum and bass.

Para concluir, puedo añadir que, tras ver las muestras expresas de capital social y simbólico (no se diga del económico), el Corona Capital enmarca un acontecimiento importante, al menos para mi persona: el momento en que dilucidé el gen de la hegemonía en el preconsciente colectivo del mexicano.

Dos días después, la primera plana de La Jornada me daría la razón.


El festival Corona Capital se llevó a cabo los días 13 y 14 de octubre de 2012 en la curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez.

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